Amenazas: promesas de hacer daño

amenazaHace ya varios años me tocó enfrentar al líder de una pequeña banda que operaba cerca donde estudiaba. Luego de algunos empujones la intervención rápida de amigos zanjó el asunto…. O por lo menos eso creí hasta el día siguiente cuando alguien me dijo: “cuídate que te van a matar”. Tres días después cruzaba la calle cerca de mi casa cuando el brazo de un amigo logró jalarme segundos antes de que un carro a alta velocidad se montara en la acera para atropellarme. Por una de las ventanas del carro pudimos ver al personaje. La amenaza se había cumplido.

Enemigos cercanos

Quizás por tratarse de entornos donde convivimos con extraños la mayor parte del tiempo, las amenazas en centros de estudio y trabajo son más frecuentes de lo que se piensa. Aunque no existen estudios documentados sobre este fenómeno a escala nacional, cada tanto se perciben sus efectos en las crónicas rojas de los medios de comunicación.

El manejo de la violencia y concretamente de las amenazas en los centros de trabajo y estudio es un tema en el que todavía quedan mucha tela que cortar en Venezuela. Con algunas excepciones, las historias sobre empleados agresivos y estudiantes con tendencia violenta siguen considerándose problemas esporádicos cuya respuesta sigue siendo más reactiva que proactiva.

No obstante, saber evaluar amenazas es una habilidad que puede marcar la diferencia en el desenlace de una historia. Aunque existen procedimientos complejos para evaluar estas advertencias, existen algunos conceptos básicos que cualquier persona debe manejar.

Promesas de hacer daño

No todas las amenazas se cumplen pero tampoco es necesaria su presencia para que haya violencia. Tal vez por eso una vez lanzadas generan en nosotros dos reacciones: miedo ante la incertidumbre de lo que nos puede suceder o absoluto menosprecio, pero ambos juicios dependen más del temple de quien las recibe que de una correcta evaluación.

Uno de los aspectos donde hacemos hincapié en nuestro enfoque de Protección Personal – y concretamente dentro de lo que llamamos Desmontaje de la Violencia o la habilidad para anticipar y prevenir desenlaces violentos y buscar salidas negociadas- es entender qué papel juega la amenaza dentro del contexto interpersonal.

Las amenazas son un patrón de ataque verbal

Quizás lo primero que hay que saber distinguir es la diferencia entre una amenaza lanzada por simple ofuscamiento y otra hecha como antesala a la intención de hacer daño físico.

Insultos, sarcasmos, intimidaciones y amenazas son básicamente recursos que utilizamos para hace daño psicológico en primer lugar. Cuando amenazamos directamente queremos asustar al otro. De hecho, la amenaza es considerada uno de los patrones verbales de ataque más altos y cuando precede a un ataque físico inmediato tiende a venir acompañada de otras señales.

Por lo general una persona recurre a la amenaza cuando está ofuscada – ira, frustración, hostilidad – o lo suficientemente herida. Esto hace que en la mayoría de las ocasiones una vez pasado el disgusto haya quedado como lo que es: simplemente una frase fuerte dicha en un momento de rabia. De hecho, basta verificar cómo cambia el tipo de amenaza y los horrores ofrecidos a lo largo de una discusión acalorada para detectar el simple ofuscamiento, esta característica se conoce como condicionantes o atenuantes de la amenaza y expresan que estamos frente a alguien alterado, mas no necesariamente dispuesto a hacer daño físico.

Las amenazas hechas directamente a la víctima rara vez se cumplen y dependen más de la reacción del amenazado – quien le da valor y poder a las palabras – que del ímpetu del amenazador. No obstante las más peligrosas son aquellas que se dicen al final de una discusión o la que nos llega por advertencia de terceras personas, ya que esta son las que denotan intención.

Las amenazas son un acto de ego

Una vez lanzada la amenaza sólo hay dos caminos disponibles: cumplirla o retractarse. Quien amenaza arriesga su credibilidad y prestigio, algo de sumo valor en algunos grupos sociales y de hecho un fuerte condicionante de conductas violentas en entornos y/o personas que dan alto valor al arrojo, la valentía y el “no rajarse”.

En términos de ego la amenaza es una especie de salvavidas del propio orgullo, un último intento por dejar claro quién tiene el poder. Pero realmente es el amenazado quien otorga a la amenaza su valor: tanto el miedo expresado como la altanería al recibirla funcionan como catalizadores que pueden transformar una frase fuerte en una verdadera intención asesina. Por esta razón es importante mantener la calma frente a ellas, no asustarse pero tampoco pretender herir el orgullo del otro echándole más leña al fuego.

La amenaza expresa ausencia de alternativas

A medida que una persona comienza a amenazar expresa que cada vez encuentra menos alternativas satisfactorias para resolver el conflicto. De hecho, en la mayoría de las situaciones donde la amenaza precede a la agresión física se puede encontrar que ambas partes no dieron su brazo a torcer, por lo que lo último que queda es tratar de imponerse por las malas.

Mantener la mayor cantidad de opciones abiertas es un principio básico de negociación y resolución de conflictos. A medida que usted esté en capacidad de negociar y mantener al otro pensando en distintas opciones, lo mantendrá alejado de alternativas violentas. Esto es particularmente importante en entornos laborales donde se debe lidiar con empleados problemáticos a los cuales hay que despedir. La manera como el supervisor deje al empleado – mirando hacia el trabajo perdido o hacia adelante en la búsqueda de un nuevo horizonte profesional – hace mucha diferencia.

Lo más importante: el valor real de la amenaza la define el contexto donde fue hecha

La amenaza es un ataque potente, un misil teledirigido cuyo objetivo es nuestra tranquilidad emocional. Pero aislada del contexto es simplemente un conjunto de palabras que forman una oración.

Según Gavin de Becker, un experto en evaluación de amenazas, para que una amenaza se cumpla el potencial agresor debe interpretar la situación de la siguiente forma: que vea justificada la violencia; no encuentre una mejor alternativa; las consecuencias percibidas sean positivas o simplemente no le importen y por último que perciba que tiene la capacidad de hacer daño.

Una frase tan llana como “lo vas a lamentar” no dice mucho. Pero colocada en su contexto y acompañada con un poco de investigación acerca de la persona y la situación que dio origen al conflicto permiten hacerse una idea de qué enfrentamos.

Volviendo a la anécdota del principio, la frase “cuídate que te van a matar” tal vez no indique mucho, pero si tomamos en cuenta que quien lo dijo fue alguien con antecedentes de violencia, a quien se le empujó e insultó frente a todo el mundo, que además no dijo sus intenciones a su víctima sino a un tercero y que por último tiene capacidad de hacer daño… Pues no hay que ser muy inteligente para hacer un pronóstico.

Investigaciones de Seguridad de Personal, grupos de trabajo que analicen estos datos, supervisores adiestrados para detectar y manejar estas situaciones y empleados – o estudiantes – sensibilizados acerca de la importancia de reportar estos incidentes, son parte de una gestión efectiva para prevenir la violencia en el sitio de trabajo o estudio. Algo que aunque suena complicado puede incorporarse fácilmente mediante entrenamientos breves.