Artes Marciales y Defensa Personal

indianaAunque se pelear, me siguen ganando. Cinco mitos de las artes marciales que hacen a sus seguidores fácilmente victimizables.

Era una especie de guerrero beduino con espada – de esos que visten de negro y porta sendas cimitarra – que en muestra de habilidad la balanceaba a escasos milímetros de su cuerpo ante la sorprendida muchedumbre.

Era el protocolo a la pelea, al duelo final para el que nuestro personaje se había preparado según dictan las normas con más de mil años de tradición. Pero Indiana Jones no estaba para tradiciones y optó por sacar su revólver 38 y colocarle un “botón” de plomo en el pecho, dando un fin poco honroso pero sí muy práctico al poético duelo. El pragmatismo norteamericano exacerbado.

Definitivamente una de las mejores escenas de pelea que hayamos visto en el florido cine de Hollywood. Indiana Jones y los Cazadores del Arca Perdida resumieron en menos de 5 segundos la diferencia fundamental entre la Artes Marciales y la Defensa Personal: el objetivo no es pelear, sino salir con vida. La diferencia entre la Vía y el Callejón y que da lugar a 5 mitos clásicos de los artistas marciales que los hacen fácilmente victimizables.

Mito # 1: El gran duelo

 

Atacando al otro primero y tomándolo por sorpresa para luego arremter a golpes. No es bonito, quizás tampoco "honorable", pero funciona muy bien. Clase de Tácticas Defensivas.

Atacando al otro primero y tomándolo por sorpresa para luego arremter a golpes. No es bonito, quizás tampoco “honorable”, pero funciona muy bien. Clase de Tácticas Defensivas.

Hace ya varios años tuvimos la oportunidad de asistir a un seminario internacional de artes marciales. Durante el receso, en la obligada sesión de preguntas con los instructores sobre “qué haría usted si…” – donde los puntos suspensivos eran las situaciones más extremas y peligrosas en la que ser humano se podría encontrar – uno de los asistentes preguntó al instructor qué haría si se viera en una pelea callejera.

El instructor, a nuestro juicio uno de los mejores artistas marciales que hayamos conocido, respondió en tono místico que se preparaba para un único combate… Y que sería a muerte. Todos los preguntones dejamos hasta allí el interrogatorio imaginándonos de lo que sería capaz aquél hombre tan hábil en un duelo a muerte.

Años después vimos un duelo en una feria de un centro comercial entre un practicante de artes marciales y un simple muchacho con una bandeja de comida en las manos. Nuestro artista marcial comenzó el duelo con su guardia preferida: piernas abiertas en posición de jinete y manos en alto con los puños cerrados, en espera del primer golpe. El muchacho, menos experto en estas lides, hizo lo más sensato que podía hacer: midió su probabilidad de éxito, dijo que no quería pelear y enseguida le pegó con la bandeja en la cara al sorprendido artista marcial y echó a correr.

No hubo mucho honor, pero sí bastante sangre en una situación que no llegó a los 5 segundos. Y por lo general estas son las tendencias de eso genérico y ambiguo que llaman peleas callejeras y que, en la mayoría de los casos, terminan en un intercambio de bofetones para drenar la rabia y proteger el orgullo. El gran duelo de las artes marciales es uno de los mitos que mayor influencia tiene de las antiguas leyendas pero que poco o nada reflejan lo que es un escenario de violencia moderno.

En un escenario de violencia, como una pelea en la calle, no se pelea para ganar sino para no perder y aunque suena igual no es lo mismo. No es un duelo entre dos caballeros, sino dos personas que saben que la única manera de salir de allí es hacer suficiente daño como para que el otro no pueda seguir agrediendo.

El contrincante no espera ponérselo fácil al otro: no dirá que está dispuesto a atacar, tampoco cómo ni mucho menos cuándo o con qué. En nuestra historia el artista marcial estaba dispuesto a pelear, mientras que el muchacho estaba dispuesto a no dejarse dañar y eso fue lo que lo salvó de la golpiza.

Geoff Thompson habla de estas diferencias cuando explica que estas peleas en la calle tienden a ser de corta duración, la violencia es por lo general sorpresiva y explosiva y terminan con el ganador corriendo a todo dar, no sea que el otro se levante. En estos aspectos el componente táctico se impone al técnico ya que el objetivo no es imponer una técnica sino salir de la situación lo antes posible y para demostrarlo basta enumerar los errores tácticos que cometió nuestro artista marcial:

  • Mantuvo la expectativa de que el otro reaccionaría como él había aprendido a reaccionar en tales situaciones: dos contrincantes en guardia a la espera del ataque, sin ayuda externa y en condiciones iguales. Típicamente un duelo medieval.
  • Perdió el factor sorpresa al colocarse en posición de combate, poniendo al otro en alerta sobre sus intenciones.
  • No consideró que el otro podría usar la bandeja como arma y se mantuvo a su alcance.
  • Asumió que su obvia ventaja técnica decidiría el final y no prestó atención a su principal desventaja estratégica y mayor indicador de desenlace violento: una bandeja en manos de alguien bastante asustado.
  • Cayó en la trampa de bajar la guardia cuando el otro le dijo que no quería pelear.
  • Perdió la iniciativa al quedar a la espera de que el otro iniciara el combate, disminuyendo exponencialmente su capacidad de decidir el desenlace al dejar que el otro atacara cuándo, cómo y con lo que quisiera. Demasiadas variables para poder anticipar y bloquear un ataque.
  • El mayor de todos: años de entrenamiento técnico que resultaron en exceso de confianza que lo introdujeron en un escenario de violencia para el cual no estaba preparado.

Mito # 2: El Ultimate Fighting y la realidad

 

Un periodista que hace un reportaje sobre nosotros descubre de primera mano nuestra visión sobre pelear en la calle. El escenario simula un choque. Note al primer agresor caído y al segundo que lo agarra por la espalda desprevenido.

Un periodista que hace un reportaje sobre nosotros descubre de primera mano nuestra visión sobre pelear en la calle. El escenario simula un choque. Note al primer agresor caído y al segundo que lo agarra por la espalda desprevenido.

Comenzaron a llegar a mediados de los ´90 y eran codiciados como perlas raras. Copias piratas de un torneo en el que se valía todo y donde los mejores exponentes de artes marciales combatían con sólo tres reglas: no meter los dedos en los ojos, no morder ni golpear los genitales. Los encuentros acababan por knock out, sumisión o la toalla lanzada desde la esquina. No existía nada que reflejara mejor la realidad.

Comenzó el boom de la “realidad” dentro de la práctica cotidiana de los gimnasios. Todos los paradigmas aprendidos en años de práctica se estrellaban contra la dura verdad de que en esos encuentros las técnicas floridas no servían de nada. Y comenzó a tejerse el mito de que “la realidad” eran esos largos combates de 45 minutos en los que dos tipos forcejeaban, golpeaban y estrangulaban como si de ello dependieran sus vidas. Si uno quería aprender a defenderse, es decir, entrenarse para la realidad, obviamente debía aprender algo de ellos.

Los torneos Vale Tudo dejaron un gran aprendizaje en la comunidad de artistas marciales: los efectos de la acometida de adrenalina – torpeza, economía cognitiva, agotamiento y otros – no discriminan a simples mortales de avanzados peleadores. Así pues, era necesario simplificar, buscar la eficacia, probar cosas nuevas y dejar los adornos para las exhibiciones. Y las artes de combate, en su aspecto técnico, evolucionaron notablemente luego de años de estancamiento.

Hace ya algunos años, imbuido con esta filosofía caminaba de la oficina hacia mi gimnasio, algo que acostumbraba a hacer con dos morrales y una carpeta en la mano. En una calle desierta alguien me llamó desde mi espalda para pedirme dinero y mi respuesta fue un NO con bastante miedo, ya que intuía que algo no estaba bien. Unos metros más adelante la misma persona volvió a acercarse a pesar de que había acelerado el paso. Solo que esta vez no pidió nada sino simplemente se abalanzó sobre mí abrazándome por el cuello y golpeándome en la cara con la intención de desmayarme para robarme. El enfrentamiento duró poco y terminé con la nariz rota y la ropa desgarrada, afortunadamente logré zafarme y el agresor huyó.

  • No entender que los escenarios de violencia en la calle tienen indicadores de preincidencia, y que el ataque no es el comienzo del mismo sino la manera como se resuelve. La agresión había comenzado desde el momento en que me eligieron como víctima mientras pensaba – ingenuamente – que comenzaría sólo si me quedaba parado.

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    Combate en el suelo. Nuestra visión es un poco menos ortodoxa e involucra otras variables, como uso del arma de fuego. Clase de Tácticas Defensivas.

  • No entender que las agresiones en la calle cumplen con tres variables para que sean exitosas y que debí haber previsto: momento adecuado – estaba solo -; entorno adecuado – calle solitaria – y víctima adecuada – estaba cargado de morrales que me imposibilitaban moverme, exponiendo que tal vez llevaba algo de valor y además totalmente ensimismado en llegar temprano al entrenamiento-.
  • No entender que nadie agrede si no percibe posibilidad de éxito. Yo mismo le había dado la pauta al agresor para que actuara: al decir NO asustado y en voz entrecortada, acelerar el paso manteniendo la misma ruta y evitar el contacto visual demostré una reacción de huída típica del miedo, aunque pensaba que estaba haciendo todo lo contrario.
  • No hacerle caso al miedo. A pesar de que sabía que algo estaba mal, no hice nada para anticipar la agresión permitiendo que me sorprendieran.
  • Esperar que el enfrentamiento cumpliría la misma pauta de los que tenía en mi entrenamiento: un protocolo de amenazas seguido de un combate largo en el cual podría desplegar alguna estrategia de defensa.
  • Entrenarme sólo para situaciones en las que sabría que vendría un enfrentamiento, no para escenarios sorpresivos en los que no tendría ninguna ventaja y con ataques que en nada se parecían a los que había aprendido. Es decir, situaciones reales.
  • No saber cómo improvisar al aprender a defenderme en base a estructuras rígidas: un ataque X debe ser respondido con una técnica Y. Lo que resultó en parálisis total cuando me sacaron del contexto al que estaba acostumbrado.
  • No aprender a reaccionar bajo estrés de adrenalina, desaprovechando sus efectos y las posiciones de protección más lógicas que tendría frente a un ataque sorpresivo.
  • Dejarme sorprender por la violencia. Una cosa es hacer “sparring” con un compañero y otra muy distinta enfrentar a alguien decidido a hacerte daño.
  • Lo más obvio: no entender que la realidad no la definen los torneos de artes marciales, sino las estadísticas y registros sobre delitos y modus operandi.
  • Lo más grave: no entender que “la realidad” no se define únicamente por el grado de brutalidad, sino por una serie de variables que van más allá del aspecto combativo que la hacen posible.

Mito #3: El mejor estilo y la técnica infalible

Indudablemente un buen entrenamiento incrementa la probabilidad de éxito a nuestro favor. Pero la discusión de por sí es bizantina y sólo refleja un grado de ignorancia bastante alto en lo que respecta al tema de la defensa personal. Como hemos argumentado, aprender a defenderse no es sólo un asunto técnico, sino táctico y una cosa es ser un buen peleador y otra muy distinta es entrenarse en defensa personal. Decir lo contrario es lo mismo afirmar que porque un soldado sabe cómo manejar un tanque ya puede ganar la guerra.

Venezuela Violence

Entendiendo el cómo y el cuándo de la pelea. Posiciónate, ataca, desenfunda el spray, úsalo y vete. Desarrollo de escenario para reportaje hecho por Associated Press con nuestra colaboración.

Desde que se inventaron las armas de fuego las artes marciales dejaron de tener la ventaja en términos de calle, incluyendo los modernos estilos más brutales y realistas que tienen su propia versión de un combate de corte deportivo. Y esta es la diferencia fundamental cuando se habla de defensa personal ya que abarca desde el uso de armas de fuego hasta la situación más desesperada de un ser humano: tener que usar sus manos y lo que esté al alcance para proteger su vida. Aprender a pelear a manos libres y con armas blancas es sólo un aspecto de todo lo que abarca la defensa personal o, como lo llamamos nosotros, protección personal.

Así pues, el día en que un estilo se proclame la mejor respuesta para la defensa personal, deberá incluir en su práctica temas como prevención, aspectos legales, anticipación del peligro, manejo de escenarios de riesgo y enfrentamientos con armas de fuego, blancas y manos libres extremadamente simples y prácticas, obviamente extraídas de distintos estilos y conceptos marciales, además de una serie de intensos entrenamientos basados en escenarios que imiten situaciones de calle lo más cercanas posibles a la realidad. Algo distinto es simplemente un eslogan publicitario o exceso de confianza producto de la ignorancia.

Mito #4: el enfrentamiento con armas blancas

 

Manos, armas blancas y de fuego en contextos de calle. Esta vez trabajando navaja contra un agresor. Clase de Tácticas Defensivas.

Manos, armas blancas y de fuego en contextos de calle. Esta vez trabajando navaja contra un agresor. Clase de Tácticas Defensivas.

Comenzó como comienzan todas las peleas en la calle, una discusión tonta donde el orgullo pudo más que el sentido común. Uno de ellos portaba en un bolsillo delantero del pantalón una navaja balisong con una hoja de 15 cm, 4.40 ml de grueso de puro acero tan filoso que uno se podía afeitar con ella.

La discusión comenzó a dos metros de distancia y en poco tiempo aparecieron los insultos, las amenazas y los empujones. El dueño de la navaja estaba inmóvil, gritando y amenazando desde el mismo lugar. El otro se movía de un lado a otro, hasta que se acercó a su carro y metió la mano para sacar algo que nadie vio.

Lo que siguió fue bastante rápido: se acercó con la mano derecha oculta, miró hacia los lados y en lo que tuvo la distancia adecuada lanzó con toda su fuerza un corte al cuello con lo que resultó ser un destornillador de 20 cm de largo. Obviamente la sorpresa hizo que la víctima dirigiera su mano al cuello cortado y no al bolsillo con la navaja, lo que aprovechó el otro para iniciar una avalancha de patadas que sólo fue detenida con la intervención de otras personas que veían el espectáculo. La herida no fue grave pero sí muy aleccionadora.

El portador de la navaja, entrenado para usarla, no alcanzó nunca a desenfundarla gracias a una serie de errores comunes entre aquellos que portan este tipo de instrumentos para su defensa y que se resumen en no entender el contexto en el que se desenvuelven los enfrentamientos con armas:

  • No habrá tiempo para desenfundarla una vez iniciado el enfrentamiento. Quien tiene un arma sabe que tiene una ventaja que debe aprovechar cuanto antes, imposibilitando al otro de una respuesta adecuada.
  • Dio por sentado que el enfrentamiento sería a manos limpias, sin advertir que al dirigirse al carro y salir con la mano oculta obviamente traía algo consigo.
  • Permitió que una persona con algo oculto se acercara a él, signo inequívoco de un ataque. Por lo general, quien muestra el arma en un enfrentamiento lo hace en primer lugar para intimidar, no para atacar – por ejemplo los atracadores -. Lo peligroso es cuando no la muestran.
  • No interpretó los signos inequívocos de que la violencia había escalado hasta su punto máximo – empujones, distancia cerrada, etc. – lo que indicaba total decisión del agresor de causar daño letal.
  • No consideró el uso de la navaja como una opción viable para resolver el conflicto, posiblemente temeroso de las consecuencias legales de usarla. Sin embargo, quien porta un arma debe saber que tendrá que utilizarla en algún momento. Algo que entendió muy bien su adversario.
  • Acostumbrado a la práctica de estructuras en su gimnasio –Ataque / defensa con dos contrincantes portando el arma en la mano– no consideró que lo último que quería su agresor era que desenfundara un arma para llevar el enfrentamiento a un contexto más peligroso.
  • No comprendió que por lo general los ataques con armas se inician tal como le sucedió: alguien que arremete con un cuchillo sin permitir al otro hacer algo.
  • No aprendió un principio básico en el uso de las armas – sea blanca o de fuego – : tan importante como entrenarse para usarla es entrenarse para desenfundarla rápidamente, colocándola en un lugar accesible que obviamente no es en las profundidades de un bolsillo.

Mito #5: Las extrapolaciones

Hay diversos exponentes de este mito. Por un lado están aquellos dispuestos a enfrentar a puñetazos cualquier escenario de riesgo convencidos de que su técnica los mantiene lejos del peligro gracias a alguna especie de superpoder que los hace invulnerables a emboscadas, tiroteos e intentos de homicidio. Tristemente son quienes más se exponen a situaciones de violencia porque no hacen el mínimo esfuerzo por prevenirlas.

Otros, igual de peligrosos, tienen clasificado como un tabú prepararse para enfrentar situaciones de total desventaja, como por ejemplo una persona portando un arma de fuego o un intento de linchamiento donde realmente no existen reglas. Quienes piensan así por lo general no exploran estos escenarios, por cierto más comunes que cualquier duelo a muerte en la calle. Otros hacen un intento aún más peligroso al tratar de extrapolar técnicas y enfoques tradicionales para resolver problemas modernos sin tratar de verificarlas.

Manocuchillo

Trabajo contra cuchillo durante clase de Tácticas Defensivas.

Los resultados fueron diametralmente opuestos. Ninguno de los presentes pudimos salir del ataque sin haber sido apuñalados por lo menos tres veces en el estómago, suficiente para morir en un enfrentamiento real. Cabe señalar que todos los presentes teníamos background en distintos estilos marciales que dedican buena parte de su programa al desarme de cuchillos.

El problema fundamental era que ninguna de las técnicas clásicas estaba diseñada para enfrentar lo que hoy día es la situación más común de agresión con arma blanca, lo que dio pie la formación de un nuevo programa de desarmes que aún está en evolución dentro de nuestra Escuela. Enseñar al público un repertorio de técnicas sin comprobar no sólo es irresponsable sino extremadamente peligroso para aquél que deposita su confianza en un instructor que, se supone, sabe más.

En conclusión

No se trata de menospreciar las artes marciales, de hecho todos los instructores de la Escuela de Protección Personal somos practicantes de ellas, sino entender que son trabajos distintos ya que persiguen objetivos diferentes.

Ciertamente la mayoría de quienes se acercan a las artes marciales lo hacen para aprender a defenderse. Pero es necesario entender que más allá del dominio técnico, las situaciones de riesgo son mucho más complejas que simplemente atacar y defender. Omitir esto no sólo es ingenuo sino bastante peligroso.