Cuando el lobo se come a los perros ovejeros: asesinato de policías

Si ha habido dos años nefastos en lo que se refiere a muerte de funcionarios policiales, han sido el 2014 y el 2015. El primer año registró más de 300. En 2015, sólo de enero para acá, fecha en que escribimos esto, van 47 policías y militares que murieron en la calle. En una semana de muerte en la Gran Caracas – 10 al 17 de abril – tuvimos ocho.

Lo más impresionante – y el tema de este artículo – es que el 57% de esas víctimas fueron asesinadas para robarle su arma, incluso estando de servicio, según publica El Universal.

Para los que viven en el exterior y no entienden qué sucede, basta con contarle que estamos viendo comisiones policiales emboscadas a tiros cuando llegan a patrullar, ladrones que para evitar ser apresados por atraco lanzan granadas. Para el momento en que escribimos, los medios publican que un módulo policial en La Guarita, Caracas, fue tiroteado por delincuentes. Lo otro, espeluznante e inédito, es que de un tiempo para acá vemos a policías siendo atracados y asesinados mientras están de servicio, como una víctima más del hampa.

El 14 de abril dos oficiales de la Policía de Sucre, Caracas, son emboscados en la avenida Sucre de Los Dos Caminos. Uno resultó herido y La oficial Osmary Tevaré Solano murió de un disparo en la cabeza. Leer más en: http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/actualidad/sucesos/video-fotos–asesinada-oficial-de-polisucre-en-los.aspx#ixzz3YF5GolDI

 Uno podrá decir que la delincuencia no perdona. Pero amigo lector, cuando es el policía quien se convierte en blanco del delincuente, hay que sentarse a pensar en serio en el fenómeno.

No somos analistas políticos y no pretendemos politizar el tema de la inseguridad, algo de lo que ya mucha gente se encarga. Tampoco sabemos mucho de organización comunitaria y cultura de Paz, algo que nos caería bien a todos, pero que no es el tema de este texto.

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Buena parte de nuestra experiencia sale de trabajar de cerca con funcionarios simulando situaciones similares a las que han vivido en la calle, a fin de prepararlos para sobrevivir a ellas. En la foto: Escenario de un procedimiento que salió mal, uno de nuestros agresores trata de desarmar al policía.

Conocemos un poco sobre las policías en Venezuela, luego de pasar más de 12 años siendo instructores, tanto invitados como permanentes, de defensa personal, tácticas policiales y tiro en grupos e instituciones policiales tanto civiles como militares. Sabemos una cosa o dos sobre violencia y seguridad personal y quizás sea esta una de las tantas perspectivas que vale la pena darle al fenómeno.

El primer actor: el nuevo delincuente

Lo dijo Alejandro Moreno en sus libros “Y Salimos a Matar Gente” hace unos años atrás, Estamos enfrentando una nueva generación de delincuentes, donde el robar y matar no es un asunto de justicia social, resquemor ante la carencia o hambre del que no tiene. Matar es un asunto de prestigio. Si nunca ha tenido la oportunidad de leer a este cura salesiano, contrapunto.com le hicieron esta excelente entrevista que no debería dejar de leer: http://contrapunto.com/index.php/nacional/item/19735-alejandro-moreno-de-seguir-como-vamos-venezuela-desaparecera-como-sociedad

Coincide con el tema Carlos Oscariz, Alcalde del Municipio Sucre, de donde han salido algunos de esos muertos: “Matar a un policía es un estatus dentro de la banda, es como un trofeo”.

Policía es asesinado para robarle su arma.

La cosa es que cuando la búsqueda de ese trofeo se vuelve endémica, significa que la percepción del policía y de la autoridad que lo respalda comienza a diluirse. Venezuela ha tenido una mezcla de terror y respeto ante los organismos policiales y militares que viene desde Gómez, pasando por la infame Seguridad Nacional, las operaciones de la antigua DISIP en los 80, el Caracazo y una buena dosis de desafueros en el reciente siglo. Las instituciones militares y policiales son algo a lo que el civil venezolano siempre había temido, incluyendo los delincuentes.

La premisa siempre había sido la misma: al policía no se le revira y el que mata a un policía ya está muerto… Hasta ahora. Cuando el lobo (delincuente) le pierde miedo al perro ovejero (policía), hasta allí llegó el rebaño (sociedad).

Un actor al otro lado del mismo ruedo, Freddy Bernal, presidente de la Comisión Presidencial de Transformación de Organismos Policiales, añadía otra arista al tema cuando insistía en que estos ataques tienen cierta organización con visos de paramilitarismo “que busca desmoralizar a las policías”.

Crea o no usted en teorías desestabilizadoras, paracos infiltrados en los barrios y aliado con “Mafias Amarillas”, palabras del Ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Gustavo González López, lo cierto es que ya tiene rato rodando el término “organización”, dentro del fenómeno “Hampa Común”, algo por naturaleza desorganizado y desarticulado.

En esta línea, el 22 de abril, Últimas Noticias publicaba una nota que es de erizar los pelos: “Desde la Penitenciaría General de Venezuela dirigen matanza de policías”, decía el titular. El texto añadía que estos asesinatos, ordenados por los pranes en la cárcel, buscan arrinconar a la policía para apoderarse de amplias zonas populares de la Gran Caracas, donde las bandas conectadas a esos sectores puedan actuar sin límites en la venta de drogas, entre otras actividades ilícitas.

¿Paramilitarización del hampa común? Quizás todavía no, pero Alejandro Moreno, quien  vive cerquita de esa realidad, es lapidario en su advertencia: “No son bandas organizadas de por sí… Estos grupos son inestables… Pero lo grave y peligroso es cuando se comienzan a conectar. Siempre lo estuvieron, más o menos, pero en estos momentos se están conectando más y se están formando redes: los de un barrio con los de otros barrios. Y si siguen como van, en cualquier momento, van a dominar la sociedad”.

Algunos síntomas de este fenómeno que ya son para preocuparse: los barrios en los que la policía no entra y las “champetadas”, esas bizarras celebraciones callejeras, con venta de cerveza, minitecas, strippers y baños públicos incluidos, que organizan las bandas cobrando entradas entre Bs. 500 y Bs. 1000, pro fondos para sus actividades.

La pregunta para el insomnio: ¿Cuánto faltará para que veamos fenómenos como las bandas en las favelas brasileras o “territorios liberados” dentro de centros urbanos? Tema para otro análisis.

El segundo actor: el nuevo policía

Si alguna vez ha tenido la oportunidad de conversar con un policía de la vieja escuela y uno de la “nueva”, va a notar que es como hablar con dos generaciones y formas de concebir el oficio distintas: el policía de la época de la Ley de Vagos y Maleantes y el del nuevo Código Orgánico Procesal Penal y la Ley de Policía Nacional. El primero se parece a Jim Cirillo, mientras que el segundo se aleja más de ese modelo.

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Uso progresivo y Diferenciado de la Fuerza Policial. Modelo empleado en Venezuela.

Los arquitectos del nuevo arquetipo de policía le dirán que se está saldando una deuda histórica con la sociedad venezolana: una policía comunitaria, respetuosa de los DDHH y apegada a unos niveles de fuerza que le dicen dónde están los límites de lo que puede y no puede hacer en el ejercicio de la violencia. Eso es cierto y tremendamente necesario en una sociedad hastiada de tanta peinilla y desapariciones forzadas.

Pero el problema es que por querer alejarse tanto del esquema anterior, olvidaron traerse algo en lo que la vieja escuela era tremendamente buena: la experiencia sobreviviendo a enfrentamientos en la calle y la “malicia” que muchos tenían para anticiparse al peligro.

Basta con leer las declaraciones del director de la Policía Municipal de Sucre, Manuel Furelos, para darse cuenta de que algo de esa malicia se extravió en el camino, cuando informaba de una circular que se le envió a sus funcionarios donde, entre otras cosas, prohibía el “chateo” por celulares cuando se encuentran de servicio. Da como para pensar que en un país donde matan gente para quitarle el arma, existan funcionarios que lleven una pistola a la vista y se pongan a jugar con un teléfono en la calle.

Otro policía asesinado en una panadería. Conceptos como el Código de Colores de Cooper y su Condición Amarilla son necesario retomarlos.

Tony Blauer, experto en Tácticas Defensivas, acuñó hace algunos años la norma 97/3 que dice: “97% de las personas acatará la orden de un funcionario, pero un 3% lo atacará con o sin un plan previamente trazado”. La norma dice que “CASI nunca pasa”, el problema es que el funcionario tiende a olvidarse del “CASI” y termina pensando “nunca pasa”. Exceso de confianza, le dicen.

No obstante, el salto en la violencia hacia funcionarios policiales para robarles el arma no era algo que debía tomar por sorpresa a alcaldes y autoridades policiales. No era para pensar que “casi” no iba a pasar. De hecho, ha debido de ser advertido y prevenido con tiempo.

La primera señal venía de lo que gente como Alejandro Moreno repetía hasta el cansancio en cuanto foro y conferencia lo invitaban – y a las cuales religiosamente asistía toda la comunidad de profesionales de seguridad venezolana – “tenemos un delincuente más violento y decidido”.

La segunda señal ya era previsible a principios del primer trimestre del 2014, cuando las restricciones en todo lo que respecta a armas de fuego: importación, comercialización, porte, cadena de custodia, etc, dificultó el acceso a ellas, es decir, hizo más costoso obtenerlas en el mercado negro, por lo que no era de extrañar que la demanda se volcara exponencialmente a quitárselas a aquellos que la portan cotidianamente, como escoltas y policías.

El año 2015 no era un asunto de probabilidades violentas de 3%, sino una realidad aplastante que se nos vino encima: el tipo va a venir restreado a quitarte el arma y matarte, no necesariamente en el mismo orden.

El tercer actor: la academia

Decía también el Director Furelos que “los efectivos recibirán reentrenamiento ante la espiral de violencia que se vive en el país”, palabras sensatas que esperamos escucharle a otros directores de policías.

Pero quizás lo primero que habría que revisar es el criterio que tenemos a la hora de seleccionar a un candidato a policía. El perfil psicológico de un policía es extremadamente complejo: debe tener vocación de servicio, apego a las normas, sentido ético, estabilidad emocional, inteligencia práctica para tomar decisiones, autocontrol, además de un par de ingredientes picantes: voluntad de sobrevivir a toda costa y cierta tendencia a no dudar en aplicar violencia cuando es necesario.

Quizás haga falta una dosis de realismo y sea necesario añadir a la entrevista personal la pregunta: ¿Entiende usted que en esta profesión llevará un chaleco blindado y un arma de fuego todo los días y que eso implica que eventualmente le van a disparar y tendrá que dispararle a alguien de vuelta? Porque quizás, ese chamo recién salido del liceo no lo tiene claro, o no tenga madera para eso.

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Aspirantes a policías municipales trabajan con nosotros en una práctica de búsqueda y registro en áreas confinadas, aprendiendo a despejar escaleras. No siempre hace falta un gran presupuesto, sino algo de mística.

En la segunda parte, esa de las materias y los reentrenamientos, tal vez sea hora de invertir un poco más en munición. Como nos dijo un ex alumno de una policía municipal: “El único curso de tiro que he hecho fue en la academia, con 25 tiros. Pero tengo un montón de talleres de DDHH”. Nada malo con los talleres, pero a veces el olor a pólvora equilibra las cosas.

Quizás sea necesario un poco más de Jim Cirillo, Massad Ayoob y Jeff Cooper, al igual que muchos de sus herederos contemporáneos, aunque suenen tan pitiyanquis. También algo de la nueva tendencia en Entrenamiento Basado en Escenarios, los nuevos planteamientos en tiro para la calle, defensa personal, “street awareness” y, por supuesto, invitar a uno que otro comisario viejo y escuchar lo que tiene que aportar.

Ernesto Carrera