Tiene tiempo rodando y, con nuevas herramientas, el engaño se ha vuelto más convincente.
La lógica sigue siendo la misma: alguien llama o escribe diciendo que tiene secuestrado a un familiar, que sabe dónde vive, que pertenece a una organización criminal o que fue contratado para matarlo. El objetivo no es necesariamente mantener a una víctima cautiva ni ejecutar un atentado, sino lograr que usted crea que la amenaza es real el tiempo suficiente para pagar.
Dos casos ayudan a entender cómo funciona.
El Sr. Giuseppe Verdi ya va para 30 años en el país. Trabajador incansable, forjó de la nada un pequeño negocio y una familia. Orgulloso padre de Marianna y abuelo mimoso de un bebé de cuatro años, Venezuela era para él su hogar y sitio de alegrías. Hasta que le “secuestraron” a la hija y a su esposa.
Comenzó de manera extraña: a las 5:00 p. m. llamaron a su casa mientras su hija estaba de visita. Aparentemente su cuñado Pedro —esposo de Marianna— estaba secuestrado. El secuestrador relató de forma gráfica las torturas y vejaciones a las que estaba siendo sometido Pedro, además de las que seguirían si no pagaban el rescate.
Entre las demandas estaba que un familiar debía ir a un lugar específico para negociar la liberación cara a cara. Marianna y la Sra. Verdi salieron corriendo al sitio donde aparentemente se haría el intercambio, con órdenes de no avisarle a la policía, no contestar llamadas y sólo comunicarse con el secuestrador cuando llegaran.
“Te estamos vigilando”, fue la amenaza que recibió la aterrada familia.
A las 6:00 p. m. apareció Pedro, quien no estaba secuestrado sino en una reunión de trabajo. Al enterarse de lo sucedido, trató de comunicarse con ambas mujeres, pero sus celulares estaban apagados.
Media hora después el Sr. Giuseppe recibió una llamada de los secuestradores en la cual le indicaban que tenían en su poder a ambas mujeres.
No dieron ninguna prueba que permitiera confirmar el supuesto secuestro, pero sí una descripción somera de ambas mujeres y del vehículo que llevaban.
Mientras Pedro acudía a la policía, el Sr. Giuseppe comenzó a recibir llamadas de los secuestradores cada diez minutos exigiendo el pago del dinero o, de lo contrario, violarían y matarían a las rehenes.
Eran ya las 9:00 p. m. y nadie sabía de ambas mujeres. A las 10:00 p. m. la familia había logrado juntar el rescate y se disponía a hacer el pago cuando una llamada detuvo la operación: eran Marianna y la Sra. Verdi desde una ciudad del interior donde supuestamente se haría el intercambio por Pedro.
Era un secuestro virtual.
Carolina es una muchacha de 23 años recién graduada en Administración. Comenzó a trabajar hace poco en una empresa de asesoría financiera con un sueldo que al fin le permitió salir de su carrito viejo para comprarse uno nuevo.
Llamadas iban y venían pidiendo información sobre su vehículo cuando recibió la llamada más extraña:
“Me contrataron para matarte. Si no quieres que lo haga, tienes que pagarme”.
En su desesperación trató de obtener más información. ¿Quién podría querer ver muerta a una muchacha que apenas comenzaba su vida profesional?
Durante toda la semana Carolina siguió recibiendo llamadas en las cuales el supuesto sicario daba a entender que conocía sus señas personales: apellidos, vehículo y zona en la que vivía.
Cuando ya no pudo más decidió ir a la policía.
El supuesto sicario no era más que un estafador.
Los secuestros y amenazas virtuales son extorsiones en las cuales se simula la retención de una persona, se amenaza con causarle daño o se adopta una identidad falsa con suficiente poder intimidatorio como para obligar a la víctima a obedecer.
Lo característico es que el delincuente necesita que usted actúe antes de verificar. Antes bastaba con un teléfono, algunos datos y bastante capacidad para intimidar. Hoy el esquema puede ser mucho más sofisticado.
El extorsionador llama a un número y construye la historia a partir de la propia información que le entrega la persona.
Puede decir que hubo un accidente, una detención, un problema médico o que alguien de la familia está en peligro. A partir de allí comienza a preguntar o deja frases abiertas para que la propia víctima complete los vacíos.
El miedo hace el resto.
“¿Su hijo está fuera de casa?”
“¿Cómo se llama?”
“¿Qué carro lleva?”
“¿Con quién salió?”
En pocos minutos la familia puede haberle dado al delincuente buena parte del guion que necesita para continuar la extorsión.
Aquí el delincuente llega a la llamada con trabajo adelantado.
Una venta de vehículo, una propiedad publicada en Internet, redes sociales, datos comerciales, perfiles profesionales, fotografías familiares, viajes, colegios, lugares frecuentados y hasta comentarios inocentes pueden servir para armar una historia convincente.
Lo peligroso es que hoy no necesita saberlo todo. Le basta con conocer algunos datos correctos para que usted complete mentalmente los que faltan.
Que alguien sepa cómo se llama su hijo, qué vehículo conduce o dónde trabaja no demuestra que lo tenga secuestrado.
Demuestra que consiguió información.
Esta modalidad es particularmente peligrosa porque el delincuente puede manipular a dos partes al mismo tiempo.
A una persona le hace creer que debe aislarse, apagar el teléfono, trasladarse a otro sitio o dejar de comunicarse con su familia porque existe alguna amenaza contra ella.
Mientras permanece incomunicada, llaman a sus familiares diciendo que la tienen secuestrada.
El supuesto secuestrado está libre, pero nadie puede localizarlo.
Eso fue, en esencia, lo que ocurrió con Marianna y la Sra. Verdi.
El delincuente no necesitó capturarlas. Sólo necesitó conseguir que desaparecieran temporalmente del radar familiar.
Otra modalidad bastante común en nuestra región es la suplantación de autoridad.
“Habla el comisario fulano de tal división.”
“Su hijo está detenido.”
“Usted aparece involucrado en una investigación.”
“Tenemos una orden en su contra.”
“Podemos resolver esto antes de que pase a Fiscalía.”
El delincuente se presenta como policía, fiscal, investigador, funcionario judicial o representante de alguna institución y utiliza el temor a una detención o proceso penal para exigir dinero.
A veces asegura que un familiar fue detenido con drogas, involucrado en un accidente o relacionado con algún delito. Otras veces la amenaza recae directamente sobre quien recibe la llamada. El mecanismo es el mismo: apropiarse de una autoridad que la persona respeta o teme para impedir que piense con claridad.
Que alguien se presente como funcionario y conozca algunos datos personales no demuestra que realmente pertenezca a una institución.
En Latinoamérica existe otra variante que merece especial atención: la suplantación de grupos armados y organizaciones criminales.
“Habla el comandante de tal frente.”
“Somos de las Águilas Negras.”
“Lo estamos llamando de la organización.”
“Sabemos quién es usted y necesitamos una colaboración.”
“Si no paga, aténgase a las consecuencias.”
El nombre cambia según el país y el momento: guerrillas, grupos paramilitares, carteles, bandas, megabandas o cualquier organización que tenga suficiente reputación de violencia como para producir miedo.
En algunos casos dicen que la persona fue declarada objetivo. En otros hablan de una “colaboración” para la organización, compra de medicamentos, ayuda para un supuesto comandante, impuesto de guerra o simplemente una cuota para dejarla tranquila.
La organización puede existir realmente, pero el que llama no necesariamente pertenece a ella.
El delincuente se apropia del nombre y de la reputación de violencia de terceros para producir obediencia. Esto es importante porque el miedo hace que muchas personas razonen al revés: “Si mencionó ese grupo, debe ser cierto”.
No, el nombre del grupo no autentica al interlocutor.
También está la amenaza directa:
“Me pagaron para matarte.”
“Te tenemos ubicado.”
“Sabemos dónde vives.”
“Te podemos hacer un favor si colaboras.”
La historia puede venir acompañada de nombres, fotografías, dirección, vehículo o información sobre la familia. Nuevamente, conocer datos no demuestra capacidad para ejecutar la amenaza. Pero tampoco sería responsable descartarla automáticamente.
Una amenaza debe evaluarse por su contexto, la información demostrada, los antecedentes, la posible motivación y cualquier otro indicador que permita determinar si se trata de una extorsión oportunista o de algo que merece una respuesta de seguridad más seria.
Aquí aparece uno de los cambios más importantes de los últimos años. Ya no debe asumir que porque escuchó llorar a su hijo, esposa o hermano al otro lado del teléfono realmente está hablando con esa persona.
Actualmente es posible reproducir una voz con herramientas de inteligencia artificial a partir de fragmentos de audio obtenidos en videos, mensajes o redes sociales.
La vieja pregunta de “¿reconoció la voz?” dejó de ser suficiente.
Lo mismo ocurre con las imágenes. Una fotografía puede haber sido tomada de redes sociales, manipulada o puesta fuera de contexto. Un video tampoco debe convertirse por sí solo en prueba definitiva de que la persona se encuentra retenida en ese momento.
La tecnología no cambia el objetivo del delincuente, sólo hace más convincente la mentira.
Otro error es confiar automáticamente en el identificador de llamadas. Que aparezca el número de su familiar, una empresa o alguna institución no significa necesariamente que la llamada se origine allí. Lo importante sigue siendo verificar por un canal independiente.
Antes era común solicitar pequeñas cantidades, tarjetas telefónicas o dinero entregado personalmente. Hoy pueden pedir transferencias, giros, billeteras digitales, criptomonedas, tarjetas de regalo u otros medios que permitan mover el dinero rápidamente.
También pueden empezar con cantidades pequeñas. Eso es importante porque muchas personas razonan que si el monto solicitado es bajo, seguramente “algo debe haber pasado”.
No necesariamente. El monto forma parte de la estrategia. Lo importante es confirmar el hecho antes de pagar.
Hay dos premisas básicas que siguen siendo válidas.
PRIMERA PREMISA: aprenda a mantener control sobre sus datos
Decimos más de lo que deberíamos y ahora, además, lo publicamos.
La obsesión por mostrarlo todo
Las redes sociales permiten reconstruir una parte importante de la vida de una persona: familia, viajes, colegio de los hijos, cumpleaños, vehículo, trabajo, lugares habituales, amistades y rutinas.
No se trata de vivir escondido. Se trata de entender que una publicación aparentemente inocente puede convertirse en información útil para alguien que quiere construir una historia convincente.
Especial cuidado merece publicar viajes o ubicaciones mientras están ocurriendo. Le está diciendo a terceros dónde está usted y, en ocasiones, dónde no está.
Si alguien lo llama solicitando información personal, no tiene por qué demostrarle nada.
Si dice representar a un banco, aseguradora, clínica, empresa o institución con la que usted tiene relación, termine la llamada y comuníquese usted por un canal que ya conozca como legítimo. No utilice automáticamente el número que le proporciona quien lo está llamando.
Encuestas, premios, promociones, formularios, enlaces y perfiles falsos permiten levantar información. La regla es bastante sencilla: si no sabe quién está del otro lado, entregue la menor cantidad posible de datos.
En una compra o venta entregue únicamente la información necesaria para realizarla. No tiene ningún sentido dar dirección de residencia, teléfonos familiares, rutinas personales o información sobre terceros cuando esos datos no son necesarios para cerrar el negocio.
SEGUNDA PREMISA: aprenda a romper el juego de la urgencia
Esto probablemente es más importante que cualquier tip.
La mayoría de estas extorsiones funcionan mientras el delincuente logre tres cosas:
Que usted tenga miedo.
Que usted no verifique.
Que usted actúe rápido.
Por eso las instrucciones se parecen tanto:
“No cuelgues.”
“No llames a nadie.”
“No hables con la policía.”
“No trates de localizarlo.”
“No le digas nada a tu familia.”
“Hazlo ahora.”
“Si cortas la llamada lo matamos.”
El aislamiento no es casual.
Mientras usted sólo tenga la versión del delincuente, él controla la situación.
Antes de salir corriendo a pagar, trate de confirmar independientemente qué está ocurriendo. No le dé al interlocutor el nombre de la persona que usted cree que está secuestrada. Si le dice “tenemos a tu hijo”, no responda inmediatamente:
“¿A Carlos?”
Acaba de regalarle el nombre. No complete la historia del delincuente.
Trate de contactar directamente al supuesto secuestrado mediante un número y un canal que usted ya conozca. Si no responde, contacte a otras personas que razonablemente puedan saber dónde está: pareja, familiares, compañeros de trabajo, amigos o quien corresponda según la situación.
No confíe exclusivamente en la voz que escucha. Tampoco considere una fotografía o video como prueba definitiva.
Si su familia ha acordado previamente alguna palabra o mecanismo privado de verificación, puede ser útil. Procure que no sea un dato fácilmente disponible en redes sociales, como el nombre de una mascota, una fecha de cumpleaños o el colegio de los hijos.
No acepte instrucciones de trasladarse a lugares, aislarse o permanecer incomunicado sin antes tratar de verificar qué está ocurriendo.
Y no salga a reunirse personalmente con desconocidos para “negociar” o entregar dinero. Como vimos, una extorsión que comenzó por teléfono puede transformarse en un problema físico real.
Contacte a las autoridades competentes y siga sus instrucciones.
Si existe una posibilidad razonable de que el secuestro sea real, no trate de resolverlo sólo con consejos tomados de Internet.
No discuta ni trate de demostrar su inocencia por teléfono. Tampoco entregue información adicional para “aclarar el caso”.
Tome nota de lo que le dicen: institución, nombre, cargo, unidad, motivo de la llamada y cualquier otro dato que pueda servir posteriormente.
Luego verifique la información por canales oficiales que usted mismo consiga, no por los números que le proporciona quien llama. Que alguien le diga “si cuelga queda detenido” no transforma la llamada en auténtica.
Precisamente el objetivo de esa frase es impedir que verifique.
No asuma que quien utiliza el nombre de una guerrilla, banda, cartel o grupo armado realmente pertenece a ella. Tampoco lo confronte para demostrar que no le cree.
Procure no entregar información adicional y preserve cualquier número, mensaje, audio o dato que pueda ser útil para evaluar posteriormente la amenaza.
Si existen circunstancias que hagan razonable pensar que la amenaza pudiera ser real, contacte a las autoridades y busque asesoría especializada.
El punto no es ignorar la amenaza, es no autenticarla usted mismo únicamente porque el nombre utilizado produce miedo.
Aquí no sirven los absolutos. No toda amenaza significa que alguien tiene capacidad real para ejecutarla. Pero tampoco toda amenaza puede descartarse como un simple intento de asustar.
Hay preguntas que importan:
¿Qué información demuestra tener quien amenaza?
¿Ha existido un conflicto previo?
¿Conoce realmente sus rutinas o ubicación?
¿Ha habido vigilancia, acercamientos, daños, mensajes anteriores o algún tipo de escalamiento?
¿Existe alguna razón relacionada con su trabajo, actividad empresarial, relaciones o vida personal que pudiera explicar una amenaza real?
¿La amenaza contiene información que no es pública?
Una frase intimidante lanzada al azar no es lo mismo que una amenaza acompañada de información específica, antecedentes y capacidad demostrada.
Por eso, si recibe una amenaza que considera seria, preserve mensajes, números, audios y cualquier otro elemento disponible y contacte a las autoridades.
Si su perfil o las circunstancias ameritan una evaluación de seguridad, busque asesoría especializada. No improvise una conclusión sólo porque la amenaza parece ridícula.
Tampoco asuma que es cierta sólo porque da miedo.
El peor momento para diseñar un procedimiento familiar es mientras alguien grita por teléfono que tiene secuestrado a su hijo.
Hable el tema antes. Que la familia sepa que estas modalidades existen. Tengan más de una forma de localizarse. Acuerden a quién llamar si no logran contactar a alguien.
Definan una palabra o mecanismo de verificación que no esté publicado en Internet.Y tengan claro que ninguna llamada aterradora elimina la necesidad de comprobar qué está sucediendo.
Los secuestros y amenazas virtuales han cambiado de herramientas, pero no de principio.
Necesitan miedo, urgencia y aislamiento.
Rompa cualquiera de esos tres componentes y comenzará a recuperar el control.
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