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ToggleTomado del curso manejo Táctico del Conflicto: Enfrentamientos de Calle y de la transcripción de una conferencia dictada por nosotros ante un equipo de seguridad.
«Estos dos se van a ir a las manos», dice una voz entre el público improvisado que comienza a reunirse mientras graban todo celular en mano.
«Y la señora con el niño allí ¡Qué necesidad hay!», dice alguien más.
Y allí estás tú, de pie, manos al frente tratando de conciliar con otro sujeto visiblemente alterado, que cierra distancia y no te deja pasar de la puerta del local.
Tras de ti está tu pareja, con el bebé en brazos y sin saber qué hacer. Ambos atrapados en la salida del local. Intentaste hablar. Intentaste bajar la tensión. Intentaste salir.
No funcionó. Bienvenido al Punto de No Retorno en un enfrentamiento.
Ese momento en el que el conflicto y la confrontación dejaron de ser una discusión que todavía podía resolverse y el enfrentamiento comienza a parecer inevitable. También puedes llegar allí de una manera mucho más brusca: una emboscada, un golpe inesperado, alguien que intenta derribarte o sujetarte antes de que siquiera entiendas bien qué está pasando.
Entonces aparece la pregunta que casi todo el mundo hace:
¿Qué hago?
Y allí comienza el problema.
3/4 partes de las personas que leyeron hasta aquí ya tomaron dos decisiones:
Pero este no es un boletín sobre peleas, sino la visión de un especialista en seguridad. La primera pregunta no es sobre golpes, sino sobre algo más importante que viene antes:
¿Exactamente qué es lo que quieres lograr en ese enfrentamiento que ya es inevitable?
Cuando pensamos en una pelea solemos empezar por las acciones.
Golpear, derribar, controlar, sacar un arma. La cabeza se va inmediatamente a las técnicas que conocemos o creemos que podríamos utilizar. Pero antes de decidir qué hacer hay una pregunta mucho más importante:
¿Qué quieres lograr?
Decir “quiero defenderme” no es suficiente. Eso describe una intención general, pero todavía no te dice qué resultado necesitas conseguir en esa situación específica.
Y esa diferencia importa.
Porque no es lo mismo estar solo frente a alguien que bloquea tu salida que tener detrás a tu pareja con un bebé.
No es lo mismo una pelea que puedes abandonar que una agresión contra una persona que no puede salir por sus propios medios porque está atrapada en un ascensor.
Tampoco es lo mismo necesitar unos segundos para escapar que encontrarte frente a una amenaza dentro de tu casa, a media noche, en el cuarto de tus hijos.
La situación cambia.
Y con ella cambia el objetivo.
En nuestro enfoque de Manejo Táctico del Conflicto, la violencia no es un fin en sí mismo. Es un medio que debe estar subordinado al resultado que necesitas conseguir. Y esta es una de las enormes diferencias entre deportes de combate, artes marciales y resolver un enfrentamiento en la calle.
A lo largo de los años hemos encontrado cuatro objetivos que permiten ordenar buena parte de los enfrentamientos de calle.
No son técnicas. Son resultados.
Si puedo salir de la situación, normalmente ése será el primer problema que quiero resolver. En ese caso no estoy peleando para demostrar que soy mejor, dominar al otro ni “ganar”.
Estoy tratando de producir una oportunidad para salir de la zona de conflicto. Para ello:
Necesito tiempo.
Necesito distancia.
Necesito una salida.
Necesito un lugar seguro a donde llegar.
La aplicación de fuerza tiene sentido únicamente en la medida en que contribuya a crear esa oportunidad y permita llegar a un lugar seguro.
Quedarse intercambiando golpes cuando ya existe una vía razonable para salir puede convertir una solución en un problema nuevo. Extender el conflicto da oportunidad a que se involucre más gente, complicarlo por armas que aparecen o caer víctima del cansancio o las heridas…
Pelear para escapar. Cuando el objetivo queda claro, las acciones ocurren como se debe.
Hay situaciones en las que lo que estoy haciendo no es suficiente para manejar la amenaza. Entonces el objetivo inmediato puede ser conseguir el tiempo, espacio o posición necesarios para acceder a otro medio de defensa.
El punto importante aquí tampoco es la herramienta, llámese espray, navaja, pistola o bate de béisbol. Es la transición para sacarla. Intentar desenfundar mientras alguien está encima de ti, forcejeando o controlando tus movimientos puede crear más riesgo del que resuelve, porque en lo que el otro se dé cuenta de lo que intentas, va a tratar de frustrarlo en un forcejeo que puede ser mortal.
Primero necesito generar las condiciones para hacerlo. Después viene la herramienta. Y aunque parezca sencillo, no lo es. Basta ver videos que capturan forcejeos por el control del arma para entender la clase de pelea en la que se mete uno cuando no entiende ese concepto de transición mano – arma.
En otros casos salir no es posible o la situación exige detener la agresión. Pero anular no significa siempre causar el máximo daño posible. Hay dos opciones.
Puede significar romper la intención del agresor hasta conseguir que abandone la confrontación de forma voluntaria. Dar una respuesta contundente; golpe, empujón, desenfunde, comando de voz. Meter presión, demostrar una respuesta decidida con la determinación suficiente para que el otro decida no continuar.
Los comandos verbales que da un funcionario policial mientras apunta con su arma a un sospechoso son un buen ejemplo de esto. Sin embargo, una nota prudente: debes estar dispuesto a escalar el conflicto si la contraparte no cede. Esto significa dos cosas:
También existen situaciones mucho más graves en las que sea necesario impedir físicamente que el agresor empiece o continúe la agresión, lo que implica causar daño incapacitante, sea letal o no.
Son escenarios distintos y las consecuencias también lo son. Pero el punto es común: el objetivo no es el enfrentamiento en sí. El objetivo es conseguir que la amenaza deje de ser capaz —o deje de estar dispuesta— a continuar la agresión.
Volvamos a la puerta del local.
Detrás de ti están tu pareja y el bebé. Eso cambia el problema. Quizás tu primera opción sería irte, pero no puedes hacerlo dejando a alguien vulnerable atrapado detrás.
Entonces puede aparecer otro objetivo:
contener la amenaza mientras otra persona sale.
No estás tratando necesariamente de perseguir, dominar o incapacitar al otro.
Estás comprando tiempo.
Estás ocupando su atención.
Estás evitando que llegue hasta la persona que quieres proteger.
Algo similar puede ocurrir si intervienes porque otra persona está siendo agredida y no puede salir por sus propios medios.
La pelea deja de girar alrededor de ti.
Ahora existe un tercero que modifica tus prioridades.
Si no crees que se aun objetivo válido pregúntale a un escolta que debe cubrir la extracción de un VIP o un oficial de seguridad de un local que deba separar una pelea.
Ésta es quizás la distinción más importante.
Golpear es una acción. Crear una oportunidad para salir es un objetivo.
Derribar a alguien es una acción. Impedir que continúe atacando a otra persona es un objetivo.
Quedarte peleando es una acción. Proteger a quien está contigo puede exigir algo completamente diferente.
Por eso una técnica puede estar perfectamente ejecutada y seguir siendo la decisión equivocada. Puedes aplicar una sumisión perfecta contra alguien cuando lo que necesitabas era salir.
Puedes quedarte “ganando” una pelea mientras aquello que realmente necesitabas proteger continúa expuesto.
La técnica responde a cómo. El objetivo responde a para qué. Y el “para qué” debería venir primero.
Una pelea no es una secuencia limpia. Lo que necesitabas conseguir hace diez segundos puede dejar de ser válido ahora. Quizás inicialmente necesitabas contener para permitir que otra persona saliera y, una vez que lo consiguió, tu objetivo cambia a irte.
O estabas intentando salir y la situación cambia de tal manera que ahora necesitas detener una agresión que continúa.
El objetivo tiene que ser suficientemente claro para orientar tus decisiones, pero también suficientemente flexible para cambiar cuando cambia el problema.
Eso es pensar tácticamente. Consiste en mirar lo que está ocurriendo, entender qué quieres proteger, decidir qué resultado necesitas y utilizar las acciones que realmente contribuyan a conseguirlo.
A nadie debería sorprenderle que en un curso llamado Enfrentamientos de calle hablemos de golpes, derribos, armas o control físico. Eso forma parte del problema.
Pero limitar la preparación a esas técnicas sería quedarse en la superficie.
Dentro de Manejo Táctico del Conflicto se plantea que antes de actuar hay que entender qué estamos dispuestos a proteger, ceder o arriesgar y cuándo corresponde irme, conciliar o defenderme.
Cuando la salida y la conciliación ya fallaron, todavía queda una decisión fundamental:
¿Qué necesito lograr ahora?
Porque la violencia es un medio. No es el objetivo.
Y cuando entras en un enfrentamiento sin tener eso claro, puedes terminar resolviendo perfectamente el problema equivocado.
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